1 Mayo, 2008
Según el Director del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM), Millán Millán, las consecuencias del cambio climático son ya una realidad en la cuenca mediterránea.
Millán explicó los tres tipos de precipitación que existen en la península Ibérica. Por un lado, las que proceden de los frentes Atlánticos, que constituyen un 20% y que tienden a disminuir, sobretodo en el interior. Por otro lado, las precipitaciones de frentes fríos de retroceso, también conocidas como “gota fría”, que son el 65% y que aumentan en el litoral. Por último, las tormentas de verano, que suponen entre un 11 y un 14% muestran una tendencia a la baja en el levante peninsular.
Un estudio científico iniciado en 1974 explica la disminución de las tormentas en verano en los países mediterráneos, pero que no se produce en las regiones europeas del norte. Al parecer, se ha formado un proceso cíclico, donde la desertización y la contaminación atmosférica generan la desaparición de las tormentas de verano, pero intensifican la “gota fría”, una situación atmosférica que potencia la erosión y la desertización.
Por un lado, el suelo de cultivo se ha “sellado” a lo largo de las últimas décadas, dificultando la absorción del agua de lluvia, y reduciendo la evaporación necesaria para “disparar” las tormentas de verano. En la costa mediterránea, se evaporan unos 14 gramos de agua de mar por metro cúbico de aire, pero en su recorrido al interior necesita un añadido de seis a diez gramos de agua más para que tenga lugar la tormenta. Al no producirse la tormenta, el vapor regresa a la costa, pero lo hace cargado de contaminantes atmosféricos y ozono troposférico, 47 y 200 veces, respectivamente, más eficientes que el dióxido de carbono (co2), el causante del “efecto invernadero”. Este vapro, que permanece durante varios días sobre el mar, provoca un aumento de las temperaturas, como se observa en la serie climática del levante peninsular.

Autor: Jacob Petrus
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